En esta primera entrega de mi serie «La Ley para el Hombre», me enfoco exclusivamente en «El CUÁNTO» para mostrarte la dimensión del problema con un dato demoledor: necesitarías 333 años solo para leer la legislación vigente. Dedicado a todas las personas desesperadas por el exceso de regulación.
Pero no me detendré ahí, pues este artículo es solo el cimiento para que, en las próximas ediciones, analicemos juntos «El QUÉ» (la calidad de las normas en la Parte 2) y «El PARA QUÉ» (su utilidad en la Parte 3), completando así el mapa de la asfixia burocrática que sufrimos.
Llevo décadas reflexionando sobre el exceso normativo. Y hace años que no arranco con un artículo sobre los resultados de mi estudio. La demora ha sido por querer dar el estilo adecuado a un tema tan profundo por su alcance como intenso por su afectación en la vida de las personas.
Si fuera chef, ¿qué haría? ¿Una sopa densa para paladares expertos o un caldo ligero de invierno? ¿Caliente para levantar pasiones o templado, atendiendo solo a la razón? Me he decidido por un caldo sabroso y caliente. De esos que en invierno te reponen el cuerpo entero.


Índice
- El diagnóstico: ¿Cuánto tiempo llevaría leer toda la normativa?
- ¿Por qué hemos llegado aquí?
- Mi propuesta: La línea roja
El diagnóstico: ¿Cuánto tiempo llevaría leer toda la normativa?
Hay muchas preguntas que podemos hacernos sobre un sistema normativo de más de 200 años de antigüedad: qué, cuándo, cuánto, por qué, para qué, dónde, cómo. En esta serie de tres artículos abordaré las más esenciales. Hoy empezamos con el cuánto.
Según mi análisis preliminar —basado en múltiples iteraciones del buscador del BOE— he calculado el número de normas vigentes en España: europeas, estatales en sus distintos rangos, y autonómicas. No incluyo ordenanzas municipales.
El resultado: aproximadamente 1,2 millones de páginas de normativa vigente (apiladas las hojas tendría una altura de 120 metros, altura superior a la Estatuta de la Libertad).
Considerando una persona normal que tardara media hora por página en lectura comprensiva, y una jornada laboral de 1.800 horas anuales, se podrían leer 3.600 páginas al año.
En consecuencia, leer toda la normativa llevaría 333 AÑOS.
333 años. Cuatro vidas humanas completas. Solo para leer —no para entender, aplicar o cumplir— las normas que nos gobiernan.


¿Es este dato preciso?
Algún lector criticará que este estudio adolece de imprecisión. Es cierto que la evaluación precisa está en curso. Pero tengo un estudio más riguroso: un análisis estadístico de una muestra de 60 normas con rango de ley. Con el mismo criterio (media hora por página, jornada de 1.800 horas), solo esa muestra llevaría 24 años de lectura.
Para usar un símil: si alguien nos propone ir de Madrid a Zaragoza caminando, da igual que la distancia sea 280, 320 o 340 kilómetros. Lo sustancial es que la cifra es desproporcionada para ese medio de transporte.
Tener una normativa cuya simple lectura llevaría 333 años —cuatro o cinco vidas humanas— es absolutamente desproporcionada.
La conclusión sustancial
Las normas se han convertido en un fin, no en un medio. Esta situación genera una gran inseguridad jurídica y coste de ineficacia e ineficiencia. La realidad que vivimos es que es el hombre para la ley, y no la ley para el hombre.
¿Por qué hemos llegado aquí?
Parte de la inflación normativa puede correlacionarse con la complejidad creciente de la sociedad en los últimos 200 años. Pero hay causas más profundas:
- Los legisladores tienen incentivos para regular, no para desregular.
- Muchas normas pocas veces les serán aplicadas personalmente.
- No existe responsabilidad directa por aprobar normas ineficaces o ineficientes.
- Ningún organismo independiente mide y evalúa la eficacia y eficiencia de cada norma.
El efecto en los ciudadanos
Desconcierto. Miedo. Inseguridad. Incertidumbre. Frustración. Ante una realidad normativa totalmente abrumadora e inabarcable. ¿Y los técnicos? ¿Los letrados? Nos desenvolvemos con especialización, pero ya con tanta normativa, cambios constantes y falta de claridad, la desazón es similar. Y lo digo con 36 años de asesor fiscal.
¿Tiene remedio?
Muchos políticos han prometido simplificación. Obama en Estados Unidos. Soraya Sáenz de Santamaría en España. Ninguno materializó esas promesas. Actualmente hay un ejemplo desregulatorio con voluntad decidida: el presidente Milei en Argentina con su ministro Federico Sturzenegger. Parece tener efecto positivo en el crecimiento económico.
En Estados Unidos, Elon Musk lideró el DOGE (Department of Government Efficiency) con el objetivo de recortar burocracia federal, si bien el proyecto no culminó. Posteriormente se aprobó un sistema de derogación de normas antes de aprobar nuevas pero está en curso y no se conoce el grado de avance. ¿Es posible en España y Europa? Esta es la pregunta que subyace a toda esta serie.
Mi propuesta: La línea roja
No soy amigo de hacer una crítica sin que la misma sea constructiva, es decir tenga una propuesta de solución con fundamento. De hecho, pienso que las críticas sin fundamento no son dignas de consideración, pero sí las que tienen una base lógica.
Así reflexionando en varias ocasiones buscando cual sería el volumen técnico adecuado para el total de la normativa, es decir que volumen requeriría las normas necesarias para el funcionamiento de una Sociedad me di cuenta de que el enfoque era erróneo.
Si la ley debe estar al servicio del hombre el volumen debería estar determinado por la capacidad del hombre para abordarla, ¿por tanto no debería estar determinado el volumen a la medida del hombre?
En consecuencia, basándome en más de 40 años de estudio de normativa, la propuesta residiría en establecer línea roja del volumen máximo de la normativa en función del tiempo de lectura que llevara la misma y pienso que es razonable que estuviera 10 a 15 años de lectura. Esto equivaldría a una extensión de 36.000 a 54.000 páginas.
Es decir: una reducción mínima del 90 al 95% de la regulación actual. Aquí aparecerá la incredulidad del lector: «ESO ES IMPOSIBLE».
Esa frase me recuerda a una sesión de un prestigioso Máster en Madrid. Una brillante profesora experta en organización de procesos dirigía un caso sobre el paso del Estrecho de Gibraltar: cientos de miles de vehículos y millones de personas cruzaban cada año de España a Marruecos y Argelia. El tiempo medio de espera era de 2-3 días y había que reducirlo a horas.
En un momento dado, un alumno dijo: «Eso es imposible». La profesora respondió con una frase que se me quedó grabada: «¿De verdad creéis que hay algo imposible?» El paso del Estrecho, tras el proyecto de reorganización, pasó a durar dos o tres horas.
Conclusión y próximos pasos
Trazada la línea roja, el ser humano tiene capacidad para, en un proceso gradual, inteligente y bien ejecutado, reducir la normativa actual en un 90-95%. Este proceso se ha convertido en una necesidad social, esto es detener el crecimiento normativo para posteriormente reducirlo. Pero «el cuánto» es solo el primer problema. Reducir la cantidad no es suficiente si lo que queda sigue siendo confuso, contradictorio o inútil.
Porque una normativa puede ser breve y seguir siendo un desastre. El objetivo final es tener leyes que sirvan al ciudadano: pocas, claras y útiles.
Rafael Noguero Galilea
Socio Consultor – Asesor Fiscal.
Tempus Quality
Pero esto no acaba aquí. En mi PRÓXIMO ARTÍCULO abordaré la Parte 2: El QUÉ, planteando la pregunta clave: «Y además de inabarcable, ¿es clara?». En esa entrega analizaré a fondo la calidad de nuestras normas y te contaré qué tiene que decir el Tribunal Supremo al respecto.








